¡Prisionero de Guerra! Este es el tipo de
prisionero que uno menos querría ser, pero sin embargo es un estado de
melancolía. Estás a merced del enemigo, le debes la vida a su humanidad, y el
pan de cada día a su compasión. Debes obedecer sus órdenes, ir donde te dice,
quedarte donde te ordene, estar alerta de lo que le plazca, apoderarte de tu
alma pacientemente. Mientras tanto la guerra sigue su marcha, grandes
acontecimientos tienen lugar, oportunidades buenas para la acción y la
aventura se esfuman. Además los días se hacen muy largos. El tiempo avanza
lentamente como un ciempiés paralítico. Nada te distrae. Leer se hace difícil,
y escribir incluso imposible. La vida es un aburrimiento desde que amanece
hasta que anochece.
Más aún, el ambiente en una prisión,
incluso en la mejor regulada es odioso. Los compañeros en este tipo de
desgracia pelean por nimiedades y el disfrute que obtienen entre ellos es el
mínimo. Si nunca se ha estado limitado y nunca se ha tenido la
experiencia de estar cautivo, he de decir que se tiene un sentimiento de
humillación continuo al estar encerrado en un espacio estrecho, cercado con
barras y alambre, observado por hombres armados, y enredado en una maraña de
normas y limitaciones. Definitivamente, odié cada minuto de mi cautiverio más
que cualquier otro periodo de mi vida. Afortunadamente fue corto.
Pasó menos de un mes desde el momento en que
me rendí como prisionero en Natal hasta que me fugué de nuevo, perseguido pero
libre, en el vasto sub-continente Sudafricano. Rememorando esos días, siempre
he sentido una pena grandísima por prisioneros y cautivos. Lo que debe
significar para todo hombre, particularmente para un hombre con estudios, el
estar años encerrado en una prisión moderna supera el límite de mi
imaginación. Cada día exactamente como el anterior, con las cenizas vanas de
una vida malgastada detrás, y todos los largos años de esclavitud extendiéndose
adelante. Por eso, años después, cuando fui Ministro de Interior y tuve las
prisiones de Inglaterra a mi cargo, hice todo lo que pude consecuente con la
política pública para introducir algo de variedad e indulgencia en la vida de
los reos, dar a los cultos libros con los que alimentarles las mentes, diversión
periódica de algún tipo para anhelar, recordar y aliviar, tanto como fuera
razonable, el duro castigo que, si se lo habían merecido, sin embargo debían
soportar. Aunque aborrecía el que un ser humano infligiera penas espantosas e
incluso capitales a otros, me aliviaba de la responsabilidad que tenía
consolándome a veces al pensar que la pena de muerte era mucho más piadosa que
la cadena perpetua.
Estados de ánimo lóbregos invaden la
mente de un prisionero fácilmente. Naturalmente, si se le mantiene a una dieta
mínima, encadenado en un calabozo, privado de luz y en completa soledad, los
estados de ánimo que tenga sólo le preocupan a él. Pero cuando uno es joven,
bien nutrido, lleno de vida, incauto, capaz de confabular con otros, estos
estados de ánimo acercan las ideas a una solución, y esa solución más que
nunca a la acción.
Créditos: De My Early Life 1874-1904, de Winston Spencer Churchill
Traducción: Dama